Entrevista con Fredy Yezzed (Bogotá, 1979)
Se llama Fredy porque a su madre le gustaba Freddie Mercury, tiene tres poemarios editados y ahora su poemario La sal de la locura ha sido publicado por la editorial Patakis en griego, traducido por Agathi Dimitrouka. Tuvimos un encuentro en el centro de Atenas hablando de varios temas y sobre todo de la sociedad y de la poesía.
Según Hana Arendt es “dichoso aquel que no tiene patria”.
¿Comparte esa opinión en cuanto a la felicidad?
Me cuesta un poco asimilar la línea de Hana Arendt en
sentido que nunca me he sentido sin patria, pero también cuestiono bastante la
noción de la patria, en especial cuando el ente militar, político, ideológico
ha jugado mucho con esto, sacrificando vidas en la historia universal. Me
agrada más bien la idea de que todo el lugar sea una pequeña patria, de que el viajero
lleve muchas patrias. Un espíritu cosmopolita está desmantelado de prejuicios,
de racismo o de xenofobia. Está abierto al mundo. A mí me gusta más esa sensación
que si no es por la frontera y el visado migratorio, me parece que todo el
territorio de la Madre Tierra es nuestro. Viví mucho tiempo en la extranjería,
entonces no me creo ni dueño ni pertenecer a un espacio determinado. Pero, si
represento simbólicamente mi espacio.
Además de Colombia, ¿cuál podría ser su ciudad o patria
especial?
Es la patria de la poesía. Ahí hay una patria hermosa, natural, simbólica y profunda, a veces rara. Sin lugar a dudas estoy muy agradecido con todo mi periodo de experiencia desde lo político, social y organizativo, pero también desde lo cultural y poético en Argentina. Pero, me gustaría más bien pensar que la patria es el viaje y el moverse.
El movimiento, ¿verdad?
Sí, como una experiencia hermosa y del conocimiento.
Depende de cada persona separadamente. ¿En cuál sentido
el pasado nos ayuda como poetas?
La poesía y la literatura llegan a darle un aire fresco a
muchos momentos de la Historia, sin duda (eso sucede) por la falta de testigos,
la distancia y el incremento del tiempo. Hoy en día la literatura es la que
entra a revisar lo que ha pasado. Por eso pienso por ejemplo en la obra Memorias
de Adriano de Marquerite Yourcenar y cómo se realiza esa bella recreación.
El Adriano que veo en la biblioteca de Adriano destruida aquí en Atenas me habla
más de esa parte de la literatura en la que la piedra, la ruina tiene un rastro,
rastro que sorprende sin lugar a dudas.
Le emocionan los fragmentos del pasado.
Claro, los fragmentos del pasado me emocionan, siempre y
cuando estén pasados por el tamiz de la imaginación y lo literario.
¿Atenas como ciudad, qué le parece?
Me ha sorprendido. Me siento unido aquí en Grecia, en
nivel metafísico y espiritual.
Y hay una inmensa correspondencia del griego con América Latina
o de la América Latina con el griego. Eso lo veo también desde mi camino como
lector de la literatura griega -no solamente la clásica sino la moderna-.
Además, me ha sorprendido la simpatía, la recepción del libro, el abrazo. No sé
si ocurra en toda Europa, pero aquí todos están interesados de verdad.
Hay un vínculo mutuo.
Sí. Estamos vivos, somos importantes para Grecia, Grecia
es importante para nosotros. Ahora está la publicación de un libro maravilloso
donde Agathi Dimitrouka ha trabajado una cuantidad de años sobre más de 80
poetas hispanoamericanos en cuyos poemas aparece el aliento o el rastro de la
cultura griega. Se llama Bolivar eres tan bello como un griego (título
tomado de Nikos Engonopoulos). Es un libro creativo y original sobre la
representación de Grecia simbólicamente afuera.
En su poesía se constata el pensamiento social y en
relación con el heterónimo de Ariel Müller.
Es verdad. Iba caminando un día por el centro de Buenos
Aires, por una plazoleta donde hay un monumento con todos los nombres anotados
de los desaparecidos. Son treinta mil en Argentina, más o menos cinco mil
quinientos en Chile de la década ‘70-80 y en el caso de Argentina, desde 1976
hasta 1982, durante la época de la dictadura militar. Más de 4.000 personas fueron
asesinadas. Se dice en Argentina que ellos inventaron el término “desaparecido”.
Me afectó el hecho de haber vivido en Argentina y ser
testigo de la organización de las Madres y Abuelas en la Plaza de Mayo, donde todos
los jueves a las tres y treinta de la tarde, alrededor del obelisco que está en
la Plaza de Mayo caminaban en contra de las manecillas del reloj como metáfora para
que el tiempo de sus hijos vivos retornara. Entonces, es que no hay nada gratis
a la hora de escribirlo.
También una profesora psicóloga argumentaba que Ariel
Müller era hijo de desaparecidos y eso podría ser el motivo por el cual él
tiene problemas psiquiátricos y va a llegar al hospital psiquiátrico de Buenos
Aires. Ariel estaba por acá y Müller por allí, entonces yo junté dos personas y
creé Ariel Müller que más que un heterónimo, yo lo considero como una compañía
espiritual. Sobre eso, Oscar Wilde dijo “dame una máscara y te diré la
verdad”.
En la pintura de Bosch que le inspira ¿Cuál elemento le gusta
más?
Es que todo tiene que ver con la metamorfosis, el color… Todo
está en movimiento y los personajes participan en ese proceso. Y también dentro
de los juegos del lenguaje, hay un azar inexplicable, sin la lógica que no se
puede explicar.
¿En cuánto a su poemario editado por Patakis, ¿cuándo
decidió que la versión original estaba lista por editar?
En tres meses tenía más de veinte poemas, me di cuenta de
que ya tenía el libro. Agathi Dimitrouka ha llegado al hueso del texto. Lo
tradujo y luego me hizo preguntas con respecto a unos movimientos o imágenes
del texto, trataba de explicarme cómo es en griego. Tiene un nivel de
profesionalismo muy alto.
Según el texto, parece que el personaje de la doctora Dalzotto
es una super mujer. ¿Está de acuerdo?
Cuando se escribe, hay un espacio oscuro y se va
caminando con mucha duda. Cuando aparece la doctora Dalzotto, ella es la
presencia y la fuerza femenina. Es la tierra. El hombre Ariel Müller, en cambio,
es del aire.
¿Ariel Müller está enamorado de ella?
Quizás sí. Tal vez está enamorado, pero puede ser también
esa cosa de la fantasía. En la historia de la humanidad la mujer siempre ha
sido tierra. Y siempre ha tenido que agarrar al hombre del cuello y aterrizarlo
un poco, ordenarlo un poco. Y es bello, me gusta que aparezca esa idea, pero
también en el fondo es cómo me dijo Javier Adúriz a quien le pareció como una
Beatrice que se le aparece en el infierno a Dante. Lejos de las
correspondencias, me gustó eso, que tenemos que reevaluar la sociedad y la
psiquiatría.
Muchas gracias.


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