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Poncia: todos los estudios desembocan en Lorca

 


Tengo sueño, quiero dormir un rato… un momento… un siglo.
Con esas palabras Poncia termina su monólogo escrito y dirigido por el extraordinario Luis Luque en el teatro Círculo de Bellas Artes en Madrid. Lolita Flores, Poncia a través de la mirada tan escénica como textual de Luque, consiguió dar luz al personaje clásico de Federico García Lorca con desenvoltura y estofa de actriz estupenda que te lleva al campo de tus sentimientos puros.


De hecho, la relectura de la historia desde la parte de la criada de Bernarda Alba contribuye a la educación cultural, un asunto crucial no solo en las artes comparadas sino también en la evolución social. Hay que buscar la evolución en vez de la revolución en esta obra significante y poética.


La emoción era previa de la función dadas las circunstancias, según las cuales era un lujo poder asistir al mismo espacio con una actriz tan generosa en cuanto a su interpretación, postura de cuerpo, tratamiento de voz con sus altibajos ante la fuerza de las palabras. Representadas por colores distintos, acompañadas de objetos semánticos -como por ejemplo los vasos de leche- o vistas desde escalas distintas entre el escenario y el patio de butacas, al formar parte de una atmósfera espiritual-sentimental de varias capas, las palabras estuvieron allí. El texto puro.


Se valoró entonces el peso de las palabras, incluso su poso. ¿Qué es un siglo, cien años o la eternidad, una idea vasta de contenido o un nido de protección contra las emergencias y el malhumor? Todas esas cuestiones filosóficas surgieron en el camino de la función gracias a la integridad teatral de Lolita Flores quien pudo transmitirnos la importancia de las palabras e incluso las diferencias de sus mundos en los que pertenecían.


Desde el deseo hasta la muerte se vio la distancia. Se sintió el amor por el hombre igual que el enfado, la indignación. Poncia se presentó como una mujer sincera y libre. Incriminó a Bernarda igual que solía hacer a través de sus insinuaciones en el texto original de Federico García Lorca, el escritor más traducido tan globalmente como en griego. Esta vez, Poncia se convirtió en la heroína de la clase popular. Sobrevivió y volvió a testimoniar lo que sabía. Ante el público de hoy carente de decisiones fundamentales a veces, aunque ocupado de proyectos y con los móviles en el bolso o la cazadera.


Más específicamente, Poncia se dialogó con los fantasmas. Bernarda ya había muerto. Pero, para Poncia ella estaba muerta, es decir, su muerte no se le olvidó. Al contrario, a través de sus cenizas nació el deseo de la palabra contra el pasado, la tortura, el poder de su jefa. Entonces, el dolor transformado en silencio estalló. En rojo si estábamos por viajar al campo de la pasión, en azul si la parte de la escena tenía que ver con el mar y la noche, en amarillo si había odio o rencor. Semejante al color, cada vez la voz de Poncia se escuchaba distintamente.



Poncia ahora que puede expresar sus pensamientos, habla del todo: del pasado, de las hijas de Bernarda, de Pepe Romano, de los sueños. Porque entre el rato y el siglo se halla la palabra. Con el monólogo de Poncia Luis Luque nos llama la atención en el comportamiento femenino que resulta ser insoportable en el ámbito de las relaciones poderosas. Mujeres sufren por mujeres. Además de esto, su texto aborda la injusticia, la libertad y el amor. Poncia relata su vida y nos hace descubrir la historia clásica de la lucha contra la desigualdad desde la otra orilla. En favor de sus hijos ella contempla el papel del varón siendo su madre. Y su cara nos narra toda la verdad del ser.


Monica Boromello creó un espacio escénico excepcional ante ese texto cuya morfología necesitaba un tratamiento minimalista, mientras que la iluminación de Paco Ariza logró desplegar su atmósfera poética para que los espectadores pudieran vivir una experiencia conmovedora. Almudena Rodríguez Huertas respectó la línea de la dirección sin apartarnos la mirada del enfoque filosófico. En resumen, esa producción de Pentación Espectáculos y Teatro Español debería viajar al extranjero, porque hay que pensar más en Lorca. La inspiración habrá que estar entre nosotros.



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