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Viva la mujer nos dice Pedro Almodóvar en la Amarga Navidad


El espíritu de la creatividad de Pedro Almodóvar tiene mucho que ver con su historia en el cine, el planteamiento en favor de los matices de la psicología femenina. La imagen cinematográfica de Almodóvar sirve de guía para hablar del abismo sentimental y de la necesidad de que las relaciones entre los seres humanos se establezcan de nuevo en la base de las experiencias adquiridas. Cada relación o sea personal o profesional puede construir y deconstruir a la vez la inteligencia emocional. Son la ambigüedad y la complejidad los factores que nos interesan.

 

De hecho, para un hombre resulta difícil a veces bucear en el mar del silencio o soportar el zumbido de unas obsesiones o aficiones femeninas hoy, en la época de la Inteligencia Artificial y de las altas velocidades de comer, hacer, deshacer sin explicar. Pues, si no lo hace en su vida normal como ser, tampoco lo hará en ocasión de la última película de Pedro Almódovar Amarga navidad de casi dos horitas– su libro del guion literario está de venta por Reservoir Books (Penguin Random House) en las librerías- con Bárbara Lennie (Elsa), Leonardo Sbaraglia (Raúl), Aitana Sánchez Guijón (Mónica) y Victoria Luengo (Patricia).

 

Parece que en la vida ordinaria o sea mujer o hombre se pierde el contacto con la sencillez. Se vive con todos los compromisos y los límites de una tristeza imperceptible sino profunda, semejante a una sombra paralela del yo. Esa tristeza que según la canción de Amaia Romero (1999-) en la película es “la muerte lenta de las simples cosas”.

 

A pesar de las opiniones de los críticos cinematográficos, me encantó la última película de Pedro Almodóvar, quien sigue repitiendo su modo de ver el mundo a través de los ojos de un adulto que no para de dialogar con el niño y lector rampante dentro de sí mismo. Creo que Pedro Almodóvar se hizo un director tan importante como digno de recibir una lluvia de críticas. No debería ser así, porque un director de la trayectoria de Pedro Almodóvar con sus 76 años no es la canasta del egoísmo textual y metrosexual, pero bueno… Escribimos con nuestras ideas, el silencio llamativo, el deseo indecible o la falta del deseo por la vida propia. Nuestra vida.  

 

En la Amarga navidad se notan los puntos comunes del arte cinematográfico de Pedro Almodóvar al acercar de la cuestión de la vida entre relaciones. Las letras mayúsculas en rojo, incluso el terciopelo rojo, las chispas del humor verbalizado, la autoficción, la naturaleza estética y además vista como lugar de comunicación y conversación, el deseo por el origen, la libertad y el pasado contrastado, la verdad literaria como otra paralela de la verdad única, el amor por los desamparados como si fueran pájaros del camino, la identidad musical de Alberto Iglesias, todo se habla del cine de Almodóvar a lo largo del tiempo, más allá del tiempo que perdemos. Se llama civilización.

 

Al ver las películas de Almodóvar, se inventa una atemporalidad brillante que nos invita a amar a nosotros mismos con nuestras debilidades como si fueran logros de madurez. Sí, claro que nos envejecemos, pero con elegancia. Con el cuidado de las ondas de Lanzarote y de la playa del Golfo o de las ondas anónimas. Las que garantizan la eternidad en contra de la navidad precaria que tiene límites, fecha, principio y fin.

  

Más específicamente, en la última película de Pedro Almodóvar la autoficción se sitúa en el personaje de Raúl (Leo Sbaraglia) que sigue escribiendo su guion de la Amarga Navidad. Raúl podría ser visto como el alter ego de Elsa (Bárbara Lennie), aunque ella tiene una vida más social que él. Sin embargo, como Pedro Almodóvar cita en sus notas, es verdad que “la memoria mezclada con la ficción es siempre una ficción” (p. 206).

 

A propósito del título de la película Amarga navidad, en 2004 a principios de diciembre, las calles de Madrid están iluminadas y decoradas al espíritu de las fiestas navideñas. Semánticamente el término de la navidad -del latín “Nativitas”, nacimiento- podría insinuar que la amarga navidad como frase aludiera a la condición humana del dolor y de la mortalidad. Nuestra llegada a la luz tiene que ver con el dolor, el primer llanto y luego con el entrenamiento ante las situaciones distintas en las que cada uno se conecta con los detalles de su propio ser para sobrevivir. Amargo nacimiento entonces. No me extraña que el director vuelva a la raíz de todo.  

 

Según las apariencias las condiciones amorosas o las historias del desamor tienen peso. Una mujer abandona con su hijo a su marido infiel, otra quiere su libertad dejando su trabajo de muchos años, una joven vive aislada con su madre. Cada persona tiene su vida. Una vida de una fuente de claroscuro. Por otro lado, esas vidas crípticas se entrelazan a veces. A través de la Amarga navidad los fantasmas de la pesadumbre no se exploran a través de una seriedad insoportable sino de una ligereza amigable. Por ejemplo, reí mucho con los diálogos entre Beau (Patrick Criado), la doctora (Carmen Machi) y Elsa (Bárbara Lennie) al principio de la película. Tenían pinta clásica de Almodóvar. Y despacio me dejé en la butaca disfrutando del trabajo serio de todo el equipo que trabajó para que pudiéramos ver la Amarga navidad, aunque las aulas contemporáneas del cine son como cementerios vivos globalmente por la falta de espectadores.

 

Cuando intentamos dialogar con nosotros mismos, analizar el abstractismo, aprender más, descubrir los rincones de la ciudad y vivir en las simples cosas, se ve que es bueno contemplar nuestras experiencias. Y es bueno llorar también. No pasa nada. La libertad es la otra cara del cansancio de la misma moneda de la experiencia. A estas alturas Pedro Almodóvar no necesita ni los textos positivos ni esos negativos en cuanto a su cultura cinematográfica. Nosotros necesitamos a Pedro Almodóvar. Necesitamos su cine mayor al subir peldaños, años y años (hrónia ke hrónia).     

      



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